La he estado releyendo, a Silvia, sí, a Silvia Rousseau, por el bies de los sabores, de los aromas contados al pie de estufas antiguas, del viento yodatado y a veces polvoso del puerto frente el verde moco del Pacífico, por su Diploma que nunca encontró dentro de la casa de bloques con techo de madera y estufa de petróleo incendiaria.
Cuánta vida de la más importante, (la infancia, nuestra infancia), donde reinaba Panchita, su gallinero y los gatos de piratas franceses trepados en las ramas de los olivos; la guitarra de Pablo y la enorme olla con gallina cocida; las alertas de tsunamis despistados, del pesado olor de la caguama y del tremor de un trozo de aleta gelatinosa cercenada por el señor del cuchillo.
Confieso que en estos días de adiós a San Calorones, he desayunado con trozos de libro de cartón reciclable, el diario de una cuarentena renovada cada mes como un loop de cinta magnética con lápices, en el estudio de grabación de EMI Records en tiempos de los Beatles. "Este era un gato con los pies de trapo..., la mentada inmunidad de rebaño se ha ido al camposanto, pero nosotros nos quedamos con Silvia arte lenguaje, grafos sobre un papel que parece de estraza, literatura de la buena, comedia y lágrima para mirar el terror de nuestra pandemia en pasado, a través de un canto de sirena y su muerte largamente anunciada.
Quiero terminar ésto con un sentido pésame para Silvia que traigo aquí atorado porque no tuve valor de dárselo en vivo, pero sobra decir que su extraordinaria sensibilidad conoce sin palabras mis más profundos sentimientos.