Van juntos, casi agarrados de la mano, hacia el precipicio.
El petróleo ya tocó fondo: El precio del barrill, alrededor de los 22 dólares, está por debajo de su costo de producción.
Y el peso sigue devaluándose. Hace poco nos asombramos de que llegara a los 16 por 1 dólar. Cuando llegó a los 17 x 1 dólar pensamos que ya era el límite.
Hoy el peso está en la relación de 18.20 por 1 dólar y no sabemos cuánto tiempo -semanas o meses- se mantendrá en esta cotización.
Los más optimistas dicen que el peso terminará el año 2016 a razón de 20 x 1 dólar. Si bien nos va, aclaran esos optimistas.
El impacto directo de esta crisis recae como siempre en el último eslabón de la economía: El consumidor, el pueblo que de debe pagar el desastre económico.
Pero también se resiente el golpe y con dureza en las finanzas nacionales. ¿De dónde va a sacar el gobierno mexicano para pagar sus deudas y aportar los recursos financieros a cada una de las entidades federales?
Todo esto se puede entender y conceder al gobierno mexicano el beneficio de la duda porque finalmente la caída drástica del petróleo, y con esto la del peso, obedece a circunstancias ajenas, propias del entorno de la economía golbal donde México es solo una peón sin injerencia en las grandes decisiones que toman los paìses dominantes y las trasnacionales financieras.
Lo que no es concebible ni aceptable es la persistencia del derroche y la corrupción en las esferas del podder público en México.
Hay muchos casos para ilustrar ese derroche insultante y la voraz corrupción. El costo del avión presidencial, las ganancias ostentosas de la clase política -funcionarios, diputados federales y locales, regidores en los municipios, integrantes del INE, de la SCJN, de la CEDH...
Y para sostener todo esto hay sólo una salida aparente: Aumentar la presión sobre los contribuyentes fiscales, en especial sobre los medianos y pequeños, que serán una vez más quienes paguen las consecuencias.