Son cientos, miles de hombres y mujeres de todas las edades que van en procesión, unos a paso lento, lento hasta la desesperación, pero que hasta donde sus piernas, su cuerpo, su humanidad se lo permiten van haciendo el sacrificio.
Mujeres y hombres, algunos ya mayores y otros no tanto que van en medio de la multitud, unos montados en sillas de ruedas y estas algunas que tienen que irlas impulsando con sus manos y otras son impulsadas con manos que solícitamente le ayudan a impulsarlas, otras sillas ya más modernas impulsadas por baterías, pero todos ahí van por la carretera, rumbo al sur, a desandar kilómetros, con la fe fija en sus miradas, esperan do distinguir haya a lo lejos, el cerro del Henequén, que les indique que ya están cerca; tan solo falta subir esa cuesta empinada que obliga a dar un último esfuerzo, echarle un poco mas de ganas y cruzando el cerro ahí está, se divisa al lado sur el Cerro de la Virgen.
Si vas de noche alcanzaras a ver el cerro iluminado, si vas de día alcanzaras a verlo en toda su plenitud con las escalinatas llenas de gentes que se asemejan esos caminos de hormigas, largos, que van y vienen sin demostrar cansancio.
Es la peregrinación al Cerro de la Virgen de Guadalupe, peregrinación que se lleva a cabo cada año. Tal vez si no tienes fe no lo entiendas, no te entusiasme, pero ellos sí la tienen, son los que van en romería, llevan la fe en el sacrifico de caminar más de veinte kilómetros, de llevar una flor en sus manos, o un ramillete completo, un arreglo. Una imagen, una veladora.
Otros tan solo llevan un pliego petitorio para dejárselo a la Guadalupana, llevan la fe en todo su cuerpo, tal vez como última esperanza de que la Guadalupana sea la intercederá ante el Ser Superior que ellos creen. Pedir le por ejemplo que le devuelva la salud a su madre, su padre, hermano, esposo, esposa, hijo o hija que está en el hospital y después llevarle una placa como esas cientos de placas que están ahí, a la falda del cerro donde les dan las gracias, por haberles concedidos milagros.
Muchos son los que ya fueron antes, lo hicieron año tras año, desandando la distancias a fuerza de sus propios pasos, a algunos de ellos ya sus piernas y su cuerpo no les ayudan para recorrer la distancias a través de sus propios pasos, como Alejandro, que hoy tuvo que ir en un carro, para pedirle a la Virgen en la que él cree que le ayude y a la vez darle las gracias por lo que siente que le ha ayudado.
Es cuestión de fe, una fe que adquieres tú solo, otras veces es aprendida de los mayores, Pero ahí está, año tras año. Cada doce de