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1964. Mi Tata Jesús

Armando Terán Ross
Lunes 08 de Novimiebre de 2021
 

Alrededor de la tercera decena del siglo pasado, mi abuelo materno arribó al valle del Yaqui. Una vía de ferrocarril surcaba los llanos del Plano Oriente, y  su andén con el tinaco en lo alto de la estructura de madera perfilaba su silueta contra la lejanía de los cerros. La semilla de la ciudad germinaba. 

El abuelo era un anciano delgado y rubicundo, de nariz aguileña y un abdomen algo abultado. Un basilisco cuando montaba en cólera, cosa que era muy común en él. Cuando se le vinieron los años encima, mis tías le instalaron para que se entretuviera un modesto abarrote en una de las recámaras de su casa que daba hacia la calle Veracruz. En su pequeño negocio, el abuelo pudo matar el tiempo de sus últimos años. 

El viejo aseguraba haber nacido a fines del siglo diez y nueve, en una ranchería en los alrededores de Álamos, el año del Máiz Amarillo. Muy joven, una Revolución le arrancó el rancho de la familia y tuvieron que irse a vivir a Navojoa. Aquel General del Ejército Revolucionario, muy amigo de su hermano José Aurelio, lo invitó en esos años a trabajar con él en su proyecto del Náinari. El abuelo, quien veía con frecuencia al General y a otros personajes, en El Furgón, un casino de la época, recibió también la oferta de unirse a la lucha armada. Sin embargo, no aceptó la propuesta. Yo era un niño cuando escuché por primera vez de boca del abuelo la historia de lo sucedido mientras él contemplaba un desfile militar desde el balcón de una de las casonas de la antigua ciudad. Solía narrar el abuelo, que el general había regresado triunfante a la ciudad, y orgulloso marchaba al frente de su tropa. «Y cuando él pasó frente mí en su montura» --- contaba el anciano—, «yo lo saludé agitando los brazos, pues éramos amigos. Luego el general se acercó al balcón donde yo me encontraba y me dijo: —¡Quiúbo Jesús...! ¿Cómo te va? «Yo le respondí a gritos: —¡No muy bien, pero creo que mejor que a ti, Álvaro! —¡¿Cómo está eso? «Me dijo el general sorprendido.» «¡Pues mira!, le dije, haciendo cuernos con los dedos de mis manos. ¡Yo todavía puedo hacer así... y tú no!» —¡Me chingaste! «Dijo el general riendo a carcajadas » ---y seguía el abuelo ---, «luego se alejó cabalgando... Ya nomás llevaba cabal uno de sus brazos. 

Años después, cuando se terminaron los trabajos el Náinari, —contaba el abuelo—, «quedé desocupado. Y un día me dijo el general: —Mira Jesús, anda y dile a los ingenieros que andan deslindando terrenos que te asignen el que te guste, y vete a la maderera para que te den lo necesario. —«yo le dije: ¡No!, ¡Álvaro!, ¡muchas gracias! Mira, prefiero qué ahora que vuelvas a ser presidente de la república, des órdenes para que el Gobierno  me devuelva la tierra y el ganado que me quitaron los revolucionarios». Y proseguía su historia en tono de desaliento: «¡Porque aquí… Álvaro, no me gusta ni pa morirme!»

Después concluía la anécdota lamentándose con cierta rabia contenida: «¡Cuándo chingados iba yo a imaginarme que lo iba a matar ese hijoepúchi de León Toral! 

 

 

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