A Santiago Solari, exjugador del Real Madrid, se le conoce como "El Indiecito" por ser sobrino de Jorge Solari "El Indio", jugador argentino que ya retirado, en 1997, dirigió al América de México, lo hizo superlíder pero fue eliminado antes de la final por el Monarcas Morelia.
También el padre "El Indiecito" fue jugador profesional.
Una familia de abolengo en el medio futbolero internacional. Pero nada de eso le ha servido al actual entrenador del América para hacerlo campeón. Lo suyo es la temporada, dicen, pero en los juegos por un título se arruga, adopta estrategias tan erráticas como la que aplicó en el primer juego contra Pumas el pasado miércoles.
El Indiecito echó a su equipo para atrás, a defender casi en forma absoluta para llegar con cero goles en contra al partido del sábado, donde creía que su Ame sería invencible por jugar en el estadio Azteca.
Y una vez más se volvió a equivocar, como lo ha hecho en las tres finales que ha perdido dirigiendo al América.
Pero ninguna derrota tan dolorosa como la de este sábado. Pumas barrió al América ante la incredulidad de la afición azulcrema y la tristeza de los cronistas de Televisa.
El caso Solari prueba una vez más que no es necesario traer grandes nombres del futbol internacional para ganar en México, donde por cierto ganan fortunas que en ningún otro país les pagarían.
Los triunfadores del futbol mexicano son estrategas arraigados como Miguel Herrera, Ignacio Ambriz, Javier Aguirre, o nacionalizados como Jorge Reynoso, Tuca Ferreti y Lilini.
Las "grandes figuras" como Solari sólo impresionan por las millonadas que cobran y la habilidad de sus promotores, además del complejo malinchista de los directivos.
Por lo pronto ya es hora de que la afición americanista le cante las Golondrinas a Solari, antes de que sea demasiado tarde y tengan que aguantarlo como hoy se sostiene al Tata Martino.