Lo dulce y lo amargo de ser escritor (2)
Continúo con mis recuerdos dulces y amargos de mis 50 años de escritor que celebro este año. Ayer me quejé de la ausencia, en la presentación de mis libros, de aquéllos a quienes he servido de presentador. Hoy les contaré de cómo un gran tipo a quien conocía superficialmente me sacó del atolladero y me permitió publicar, en 1979, uno de los que considero, vanidad aparte, mis mejores obras: ¡Cayeron! 67 gobernadores derrocados (1929-1979. Ese señor, una especie de ángel inesperado, se llamaba Rubén Aguilar Monteverde y era originario de Sinaloa.
El tiraje de los cuatro libros que hasta entonces había publicado fue de tres mil ejemplares; “¡Cayeron!” sería el quinto; el gerente de la imprenta, que me propuso asociarme con él porque vio muy promisorio el tema, me animó a imprimir más. ¡El tiraje sería de cinco mil ejemplares! Mi investigación me había llevado a todos los estados de la República en que uno o más gobernadores habían sido destituidos o desconocidos u obligados a renunciar antes de terminar su periodo constitucional.
Fui por carretera a Yucatán, Tabasco, Veracruz, Oaxaca, Querétaro, San Luis Potosí, Guanajuato, Colima, Sinaloa, Chihuahua, Tamaulipas, Puebla, Tlaxcala y demás estados con exgobernador desconocido. Visité las hemerotecas, busqué testigos de los hechos y como vivía entonces en México, también consulté los archivos del Senado y el Diario de los Debates.
Para formalizar mi sociedad con el gerente de la imprenta solicité un préstamo de Diez Mil Pesos en la sucursal de Banamex (a un paso de la Alameda), donde tenía mi cuenta. Y me dispuse a esperar. Pero… ¡PERO! A mi presunto socio le pegó un infarto que pudo superar pero lo obligó a retirarse del negocio. ¡Y me dejaba colgado de la brocha! Podría salir adelante con la edición, en la que se trabajaba ya, con los Diez Mil Pesos. Pero no los tenía aún.
El gerente de la sucursal, muy amable, muy fino, me daba esperanzas pero sólo esperanzas. Entonces… ¡lo que se le ocurre a uno cuando anda desesperado! Recordé el nombre del director general de Banamex: don Rubén Aguilar Monteverde. Cuando yo terminaba la Secundaria en Ciudad Obregón, él llegó a hacerse cargo de la gerencia del banco. Ahí trabajaba mi hermano Antonio, y por lo que platicaba, admirado, de su nuevo jefe, algo supe de la personalidad de don Rubén.
Al paso de unos quince años, yo era reportero de “El Sonorense” y me mandaron a entrevistar al gerente de Banamex en Hermosillo porque lo habían nombrado director en la zona del Pacífico. Ni modo que no adivinen quién era ese hombre: Rubén Aguilar Monteverde.
Con tan débiles antecedentes, ¿creen que me fui a las oficinas de don Rubén, aquel 1979 cuando era director general en la República? Mi audacia se encaminaba a solicitar, a través de su secretaria una entrevista y rogarle un empujoncito a mi solicitud de préstamo. Y rogaba no sé a qué santo para que no sólo dijera que sí, sino que lo hiciera antes de que la imprenta me ajustara las cuentas.
La secretaria anotó mi nombre en su libreta, me invitó a tomar asiento y entró a la oficina de don Rubén. Volvió pronto, no para decirme que me recibiría Equis día, sino que me recibiría dentro de unos minutos. ¡Dios, me recibiría! Cuando entré a su elegante y a la vez sobria oficina, nos sentamos en dos sillones cerca de un gran ventanal Me excusé por haberme presentado sin previa cita, hablamos un poco de Sonora y, consciente de que no debería quitarle mucho tiempo, comencé a hablarle del libro (y de la solicitud de préstamo, desde luego). Me sorprendió que me hiciera comentarios sobre dos o tres casos de gobernadores desaforados así como preguntas al respecto. O le interesó de veras el tema o se puso a examinar qué tan informado estaba su visitante.
De pronto, me preguntó: ¿Y la portada? ¿La portada?, repetí. “La portada del libro. Mire, hay que ser realista en este aspecto: usted es poco conocido como escritor, y el que entre a una librería y vea la obra con su nombre no se impresionará, perdone la franqueza. Pero si tiene una portada con jalón, que despierte interés y curiosidad… A ver, ¿juega usted ajedrez? (“Un poco”, murmuré) Recuerde que cuando uno de los jugadores se da por vencido, inclina sobre el tablero la pieza del rey. Por ahí podría ir la portada (Excelente idea, pensé, ¿y el préstamo?)
Oprimió un timbre, acudió la secretaria y le ordenó: “Comuníqueme con el gerente de la sucursal Alameda, pero antes me dice cómo se llama”. Y al minuto le oía decir por teléfono las palabras mágicas: “Por ahí tiene una solicitud de crédito del señor Carlos Moncada, le recomiendo que le dé curso cuanto antes…”
Así pude publicar “¡Cayeron! 67 gobernadores derrocados”, cuya portada es un tablero con la pieza del Rey caído al centro.
carlosomoncada@gmail.com