La polémica suscitada en el cabildo cajemense por la propuesta de difundir un manifiesto de solidaridad con Evo Morales y el pueblo boliviano puso en evidencia rasgos negativos que aún persisten en un sector de la sociedad cajemense: La actitud pueblerina ante lo incomprensible, el conservadurismo arrogante y el rechazo a la solidaridad como un valor universal.
Es cierto que la regidora Rocío Lauterio hizo la propuesta en forma un tanto atropellada y sin saber que insertar el manifiesto en varios medios de comunicación, sobre todo en La Jornada, como ella quería, hubiera tenido un alto costo económico que el Ayuntamiento no puede cubrir.
Pero eso no le quita valor a la esencia de la propuesta que era difundir la solidaridad no sólo del Ayuntamiento sino en general de la sociedad cajemense con un pueblo latinoamericano que hoy vive circunstancias muy difíciles.
Contra esto reaccionaron en forma inmediata y como si se tratara de una idea descabellada otros regidores. El priista Emeterio Ochoa, en una exhibición de ignorancia ilustrada, apeló a la frase juarista del respeto al derecho ajeno para argumentar que el cabildo cajemense no debe meterse en el asunto boliviano. La regidora Graciela Armenta, de Movimiento Ciudadano, afirmó que la autoridad no debe distraerse con temas secundarios cuando lo importante es la inseguridad que vive Cajeme.
En un tono parecido y casi de chunga se expresaron otros regidores, mientras que otros tomaron con la seridad debida la propuesta de Lauterio.
La polémica rebasó el ámbito del cabildo y fue retomado por algunos medios de comunicación y opinadores de redes sociales, casi todos en coincidencia con el carácter pueblerino que considera ajeno cualquier tema ubicado más allá de sus narices y reacciona ante lo incomprensible con burlas y la condena simplista y pueblerina para los que se atreven a pensar de manera distinta.
"¿Qué nos importan Evo Morales y los bolivianos?". La pregunta ganó consenso en ese Cajeme que quisiéramos dejar atrás. El Cajeme que no es capaz de expresar la mínima solidaridad por los niños muertos en el incendio de una guardería o por la masacre de jóvenes normalistas. Es el Cajeme de hoy donde el morbo popular parece recrearse con la tragedia de cientos de familias, si no es que miles, que lloran a sus muertos ejecutados en las calles citadinas. Es el Cajeme de las bocinas a todo volumen para escuchar los narcocorridos.
Es evidente que algunos regidores no entienden o desconocen la historia de la política exterior de nuestro país, el peso importante que tuvo la solidaridad mexicana con los refugiados españoles y después con los sudamericanos que huían de los regímenes militares.
No comprenden que también es una obligación moral de instituciones como el Ayuntamiento y su cabildo de ser solidarios con cualquier tragedia humana. Resalta además la contradicción del alcalde Sergio Pablo Mariscal que después de darle las llaves a un príncipe sudafricano por su lucha a favor de los derechos humanos, ahora toma a broma la propuesta de la regidora al expresar que ojalá Evo Morales lo apoye en su demanda de un presupuesto municipalista.
El Cajeme conservador, atado a trivialidades y que ignora la esencia de la solidaridad como un valor universal, parece haberse impuesto una vez más.