NAMAKASIA
A LAS ANÉCDOTAS SOBRE el pintor Sergio Rascón que han surgido en las Redes a raíz de su reciente fallecimiento, puedo agregar dos. Debe haber testigos de la primera, aunque ocurrió en 1995. Fernando Robles, que inició su carrera de artista plástico en la Universidad de Sonora, y que para entonces, viviendo en París, se había hecho de prestigio internacional, vino a Hermosillo y ofreció una exposición en la Biblioteca y Museo. Por instrucciones del artista, los cuadros permanecieron bajo iluminación mínima, prácticamente en la penumbra.
LUEGO DE RECORRERLA, el rector Jorge Luis Ibarra Mendívil fue rodeado por los reporteros, que le pidieron su opinión, y el Rector emitió una bien imprudente. Dijo que sin duda Robles era el mejor pintor de Sonora. Fue imprudente porque, sin ser autoridad en la materia, no calculó la molestia o disgusto que causaba a los demás pintores. La revista Universidad hizo en los días siguientes más de media docena de entrevistas a diversos pintores y ninguno estuvo de acuerdo con el Rector. Pero aunque casi todos la rechazaron con cierta diplomacia, Sergio Rascón fue contundente. Que Robles “se tamayea”, “se cuevea” y “se toledea”, dijo, es decir, imita a Tamayo, Cuevas y Toledo, y que por algo presentaba sus cuadros en lo oscurito. Presionado por el reportero para que dijera quién era, en su concepto, el mejor pintor de Sonora, Sergio respondió: “El más chingón soy yo, y me sigue Mario Moreno”. El reportaje fue publicado tal como lo relato.
EN LA SEGUNDA ANÉCDOTA fui protagonista involuntario. En 1997, mi último año como director del Instituto Sonorense de Cultura, dispuse que el Concurso Estatal de Pintura (que dejó morir no sé cuál director después) tuviera como sede al Instituto Tecnológico de Sonora, en Ciudad Obregón, a fin de acercarlo más a los artistas del sur. Lo ganó Sergio y se le pidió que estuviera presente allá para recibir su premio (diploma y una cantidad de dinero). Su cuadro y los finalistas se instalaron en la sala que tenía el ITSON por la calle 6 de abril. El rector Oscar Russo y yo acudimos con puntualidad y… esperamos y esperamos. ¡El triunfador no llegaba, y no llegó! Se entregaron diplomas a los finalistas y di mil disculpas al Rector y me fui al hotel sin saber qué había sucedido.
POR LA MAÑANA, ANTES de levantarme, oí el roce de papel bajo la puerta y creí que era el periódico que el hotel mandaba a las habitaciones de los huéspedes. No, era una hoja en la que Sergio me avisaba que un problema cuya naturaleza no indicaba, le había impedido llegar a tiempo a Obregón y que me buscaría más tarde. A las 8, cuando comenzaba a desayunar en la cafetería con la directora de Cultura del Municipio, apareció Sergio. Luego de los saludos y las presentaciones, los tres de pie, abrí un fólder donde llevaba su diploma y su cheque pero, antes de recibirlo, siempre él en posición de firmes, con tono solemne me largó un discursito: “Señor director: para mí constituye un honor haberme hecho merecedor de este premio que agradezco al Instituto Sonorense de Cultura porque…” Al concluir su rollo firmó el recibo, se echó al bolsillo de la camisa el cheque, me regaló uno de sus famosos dibujos plasmados en la página de una revista (dibujo que, naturalmente, conservo enmarcado), se inclinó ante la dama, y se fue. Mi amiga y yo permanecimos un rato de pie; no recuerdo qué comentamos al respecto, pero sí que nos quedamos estupefactos.
Sergio Rascón fue un artista completo, pero le faltó profundizar en la técnica, ver más mundo, aprovechar mejor el tiempo que empleaba en improvisar pinturas que, ni hablar, vendidas casi regaladas le permitían sobrevivir. Valdría la pena que el ISC o la Universidad organizaran una exposición que hiciera posible conocer su trabajo de los últimos años.
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