Agradezco el consejo al lector M. B., encaminado a encontrar más compradores para mis libros. Me dice que los ofrezca a políticos bien colocados porque podrían comprarme varias colecciones. No lo haré porque, aunque tengo un par de buenas experiencias al respecto, recuerdo otras infames.
El doctor Samuel Ocaña me compró, cuando era presidente municipal de Navojoa, mi primer libro “La juventud, ¿quinto poder?” Conservo la carta con la que me lo pidió.
Otro presidente municipal, éste de Hermosillo, el doctor Ramón Ángel Amante, en tiempos del gobernador Luis Encinas, me compró 50 ejemplares de “Años de violencia en Sonora”. Y no recuerdo cuántos ejemplares de “Dos siglos de periodismo en Sonora” me compró Miguel Angel Murillo cuando era secretario de gobierno de Armando López Nogales, pero fue un buen bonche pues no pocos envió como regalo de Navidad a numerosos periodistas. Hasta ahí lo bueno.
En un invierno del sexenio de Eduardo Bours envié cartas a los presidentes municipales de Hermosillo, Guaymas, Empalme y Agua Prieta, con una lista de los libros que llevaba publicados y la propuesta de que me compraran uno o más y los regalaran en Navidad. NINGUNO TUVO LA ATENCIÓN DE CONTESTARME.NI SIQUIERA PARA DECIRME QUE NO.
Al transcurrir dos meses los balconeé en mi columna y le conté a los lectores lo que en estos párrafos expreso, con la advertencia de que si uno de los cuatro querría que le vendiera mis libros, me negaba de antemano, para que las malas lenguas no me acusaran de chantaje. El único que reaccionó entonces fue el alcalde de Hermosillo, Ernesto Gándara. Me llamó y sostuve mi negativa a venderle, aunque en la Sociedad Sonorense de Historia, donde venden libros de numerosos autores, me contaron que había enviado un empleado con instrucciones de no volver siquiera con una de mis obras
El peor de los cuatro fue el presidente municipal de Guaymas que casualmente es ahora el presidente municipal de Hermosillo. Asistí a su toma de posesión, no por él que no era ni es mi amigo, sino porque el gobernador Bours estaría en el evento. Al concluir éste fui a su oficina en el palacio municipal y le dejé como obsequio personal y deseándole éxito en su gestión, uno o dos libros; además un paquete de otras obras con el ruego de que las hiciera llegar a secundarias del municipio. Nunca me llamó ni me escribió dos líneas para darme las gracias ni le ordenó a su secretaria que me diera las gracias en su nombre.
Entonces, amigo M. B., ¿para qué gastar mi pólvora en diablitos?
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