El fin del mundo es pronosticado por la religión y por la ciencia. En particular, el cristianismo describe el fin del mundo en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis.
Para la ciencia física, el universo surgió con una gran explosión que se conoce como el “Big Bang” (descrito por Stephen Hawking en su famoso libro “Historia del Tiempo”), esta explosión expulsó la materia en todas direcciones, expandiendo los confines del universo, expansión comprobada en 1929 por el astrónomo Edwin P. Hubble (en honor a quien se nombró al telescopio espacial Hubble, famoso por las imágenes que ha proporcionado).
La expansión del universo conduce a formular la hipótesis de que en un “principio” la materia se concentraba en una región muy pequeña con una densidad descomunal.
La ciencia predice que la expansión del universo se detendrá, cuando la omnipresente fuerza de la gravedad (que trata de mantenernos con “los pies en la tierra”), gradualmente se imponga a la fuerza explosiva del “Big Bang”, dando inicio a una contracción del universo, que terminará con la acumulación de toda la materia existente en un gran hoyo negro que marcará el fin del universo.
Se calcula que el Big Bang sucedió hace 14 mil millones de años y que en un periodo similar ocurrirá el fin del universo, cuando éste colapse por la fuerza de gravedad.
La ciencia proporciona también otra fecha para el fin de la vida en la tierra, predice que ésta terminará antes de que se consuma la energía del sol que se estima ocurra en 10 mil millones de años.
Afortunadamente, todos nosotros no tenemos que preocuparnos por este pronóstico, porque este fin del universo está demasiado lejano.
Desafortunadamente, la ciencia predice un fin más cercano para la humanidad, un final causado por el propio hombre, un fin asociado al consumismo y a la avidez humana que han deteriorado el ambiente, por la gran cantidad de basura que producimos y tiramos, por la acumulación de los desechos de las industrias, por la gran cantidad de gases tóxicos que emiten las industrias y los automóviles.
Los científicos consideran que el ambiente se ha deteriorado a tal grado, que la existencia de la humanidad ya está en peligro.
Entre los múltiples contaminantes que se producen, el plástico agobia a nuestro planeta, en el año 2018 se fabricaron 360 millones de toneladas que equivalen a 55 kilogramos de plástico por habitante y su producción va en aumento. El plástico es un material muy económico y por esta razón se utiliza en cantidades exorbitantes para el empaque de productos, baste recordar que en la mayoría de las tiendas y supermercados que frecuentamos; las verduras, las frutas, los granos y en general todas las mercancías que adquirimos se nos entregan envueltas en plásticos, además, en las ventas en línea es el material preferido para la protección de los envíos que se emplayan en plástico.
Es indispensable, para asegurar la supervivencia del hombre, que las grandes potencias y todos los países, reglamenten el uso del plástico y limiten su producción pues existen ya grandes islas de plástico, más grandes que el estado de Chihuahua en los lugares en donde confluyen las corrientes marinas, principalmente enfrente del norte de Chile y sur de Perú.
Los humanos ensimismados en las rutinas de todos los días y otros, que por sus condiciones económicas, viven al día y su principal problema es la supervivencia diaria, desconocen o no les interesa saber que numerosos científicos coinciden, que con respecto al calentamiento global, estamos muy cerca del llamado punto de inflexión o de no retorno, ese punto en el cual el daño causado al ambiente es tan grande y grave, que hagamos lo que hagamos posteriormente ya no habrá remedio y la especie humana estará condenada la extinción, a este punto que la ciencia predice que ocurrirá a mediados de este siglo, me referiré posteriormente.