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Las tardes en la biblioteca

Sergio Anaya
Domingo 11 de Diciembre de 2016
 

1971 era un buen año para explorar todas las posibilidades de la literatura, sumergirse en los universos que estaban al alcance de la mano en los estantes de la nueva biblioteca pública, esquina de Guerrero y Sonora.

Allí estaba la colección Sepan Cuántos, de Porrúa, empastada no en papel, como se vendía en las librerías, sino en cartón para que resistiera el manoseo de los múltiples y anónimos lectores que iban por uno de esos libros  y los llevaban a casa o los leían placenteramente en un rincón apartado de la bilbioteca, con un aire acondicionado que nos invitaban a permanecer allí todas las tardes de verano, pero también en invierno, antes de que llegaran las vacaciones de diciembre y cerraran temporalmente nuestro refugio, mi refugio donde pasaba horas con la nariz metida en medio de un libro, Dostoievsky y Hesse, mis primeros ídolos; Balzac, El Ingenioso Quijote, Tolstoi, Stendhal, Víctor Hugo, autores mexicanos, Zweig... nombres y títulos a los que a veces vuelvo de reojo, en hojeadas que me regresan a ese tiempo cuando la sensibilidad estaba a flor de piel y solo podía salir de la biblioteca cuando mi amiga me esperaba afuera, parada en la banqueta con una nieve en la mano y la sonrisa que invitaba a caminar por toda la calle Guerrero hasta la Coahuila.

Apenas la veía detrás de la ventana y saltaba de la silla, pero una voz grave, proveniente de un hombre alto y seco en la expresión, me detenía autoritariamente. "Primero entrega el libro y la ficha en el mostrador, cabrón", así me dijo una vez y yo entendí que esa manera de hablarme era no un regaño sino la invitación a una amistad que fue dosificada tal vez por la diferencia de edades, yo un chamaco, él un señor, una amistad que compartí con muchos.

Ahora recuerdo a aquel hombre, Frankestein le decían los secundarianos que iban a la biblioteca y le tenían pavor. Así era el Ramón Ìñiguez que conocí. El señor de la biblioteca, rodeado de sus intelectuales empleados, Bernardo Elenes, Antonio Salgado, Arnoldo Celis, Ricardo Nieblas...

A veces cuando voy a la biblioteca, en 5 de Febrero y Allende, recorro la estantería y me doy cuenta que los libros de Porrúa  conservan el mismo olor de entonces, Los veo y los hojeo, busco en ellos no una cita o un dato sino al chamaco que fui.

El tiempo pasa, pasa y se queda.

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