Publicado en: Heraldo del Yaqui. (14 de marzo de 1950)
En oficinas, calles y corrillos no se habla de otra cosa que de esos misteriosos visitantes celestes, que han sido bautizados con el nombre de "platillos voladores" y que han vuelto a deslizarse, según las diarias informaciones, por diversas regiones del cielo luminoso de México.
Decimos que han vuelto, porque el fenómeno se presentó por primera vez el año antepasado, para dolor de cabeza de nuestros hombres de ciencia que jamás dieron una explicación satisfactoria del mismo.
Por aquel entonces recordamos que personas de reconocida seriedad afirmaron haber visto sobre la Ciudad "una bola de fuego" que se movía zizagueante, para después perderse en el horizonte. Don Rafael Ramos, si nuestra memoria no es infiel, vio uno de estos discóvolos.
Hoy ocurre lo mismo y todo mundo atisba hacia lo alto en espera de ver aparecer uno de esos extraños viajeros que no se sabe, de dónde vienen y a dónde van, pues las hipótesis que se aventuran no prueban nada.
Las especulaciones de los sabihondos son fantásticas: que los habitantes del planeta Marte tratan por enésima vez de comunicarse con la Tierra, poseedores de una ciencia más avanzada que nosotros los telurianos; que a lo mejor es el disco de Venus, brillando en su perhelio y que en ocasiones es visible a la simple vista; que se trata de experimentos de los "gringos" o de los rusos; simples globos-sonda que una vez cumplida su misión escrutadora del espacio, son arrastrados a largas distancias y al reflejar los rayores solares semejan un plato que gira sin ruta fija,deshojando la rosa de los vientos...
Esta clase de informaciones sacuden al lector de los cabellos, y es natural que así ocurra, ya que el hombre siempre ha vibrado de temor ante los fenómenos que no entiende o que no se explica.
De cualquier modo, lo del "plato volador" que cayó en el Distrito Federal y que adentro tenía un diminuto ser -que fue medido y que no llegaba a 60 centímetros- como si se tratara de un viajero procedente de Liliput, no fue más que una reverenda tomada de pelo de Mr. Ray L. Dimmick que al regresar de México a Los Ángeles, California, les llevó el sabroso canard sembrando la conmoción entre nuestros "primos".
¡Y luego dicen por ahí que solamente nosotros los indo-latinos somos dados al fantaseo, por virtud de la sangre cálida que corre por nuestras venas!